Hugo
Hugo Cabret es un pobre niño huérfano que vagabundea por una de las estaciones de trenes de París. Su tío y su padre eran relojeros y él continúa la tradición familiar: mantiene en funcionamiento los relojes de la estación y roba piezas a un viejo juguetero para luego usarlas para reconstruir un autómata que heredó de su padre.
El viejo juguetero, que tiene un pasado misterioso, también tiene una ahijada muy mona que adora leer y vivir aventuras. En la estación donde trabajan hay otros personajes que se entrecruzan con los protagonistas: un gendarme malhumorado y su doberman, un anciano, una señora y su perro...
¿Se han dormido ya?
Nosotros sí, más o menos a los diez minutos.

Scorsese ha realizado una película que, como un besugo en un charco, boquea desesperadamente buscando aire. Hugo es huérfano, el viejo es George Méliès, el gendarme fue herido en la guerra, la chica quiere vivir aventuras, el anciano quiere seducir a la señora... Todos son mecanismos rotos que hay que arreglar. La historia es previsible, el ritmo inexistente y la emoción ausente. Cada escena, cada frase, pretende conectar con el espectador, epatar con él y arrastrarlo a la historia.
Y fracasa una y otra vez. Es más, cuanto más lo intenta peor es el resultado.
Las historietas paralelas de la estación no aportan nada, el gendarme es un recurso cómico que sobra, la conexión entre Hugo y Méliès es rebuscada y ridícula, la aventura se limita a dos carreras y un par de revelaciones dramático-tontunas...
Scorsese ha intentado hacer una película como si fuese Spielberg y lo ha conseguido. Aburrida, ñoña, previsible y completamente idiota, La invención de Hugo es la peor película que he visto en bastante tiempo.
Y-mira-que-veo-truños.





