Los minipiés sobrepasan los trescientos ejemplares. Ni en nuestras mejores previsiones esperábamos algo así. Se lo están comiendo todo. Son el animal pacífico más letal que he visto en mi vida. No sabes lo que es el terror hasta que ves uno de esos encantadores peluches desmembrar a un ratoncito vivo.
Dr. Gordon Butterhead, "Historias de Zorras y Minipiés"
Cuando uno echa un vistazo al planeta se da cuenta de algunas cosas. La primera de ellas es que no tiene tendencia a engordar, proveyéndonos de nuevos continentes, islas y océanos esencialmente deshabitados como había estado haciendo hasta hace un siglo y medio. No se sabe qué ha causado que la maquinaria cósmica que nos permitía expandirnos dentro de nuestra querida esfera-achatada-por-los-polos se haya cascado para siempre.

Otra cosa que uno nota es que, pese a las sucesivas reclamaciones por parte de centenares de gobiernos y particulares de todo el mundo, sigue sin llover maná sobre Palestina ni café en el campo de Juan Luis Guerra, tampoco caen suavemente meteoritos de platino y tugsteno sobre Arizona, árboles sobre Brasil ni uranio y oro sobre Rusia y Sudáfrica.
En tercer lugar, resulta que las oraciones que dispensamos cada día a los dioses más variopintos no sirven de nada: siguen acumulándose deshechos por todas partes, con esa sensación incómoda que da el tener gigantescas pelotillas de material radioactivo y residuos del petróleo entre nuestros pies mancomunales.
Por último, debido a una política económica ciega y circular, se incentiva globalmente el aumento de población para así lograr un aumento de la demanda y de la producción, sin detenerse a pensar que en algún momento la producción llegará a un tope y que cuando eso ocurra no podrá satisfacer las necesidades de esa población sobredimensionada. Este punto es lo que podríamos llamar una
Estafa Demográfica Piramidal.
Los defensores de esta forma de entender la economía (nuestro bonito país, por ejemplo, así como todos aquellos con
población envejecida) argumentan que la tecnología siempre-siempre-siempre podrá dar un paso más en su honrada y épica misión de mantener nuestros culos a salvo de nosotros mismos.
Esto, además de ser un irresponsable salto de fe en el desarrollo tecnológico, es una falacia termodinámica.
Verán, en última instancia el planeta se asemeja a la jaula de los
minipiés: un sistema esencialmente cerrado que no intercambia materia [1] pero que sí recibe energía del exterior [2]. En un sistema de estas condiciones ocurren dos cosas impepinables:
1) La energía se degrada,
se gasta, debido al entrañable efecto de la entropía, aunque no desaparece: tiene tendencia a dispersarse como calor en la atmósfera.
2) Las materias primas no surgen de un saco mágico. El reciclaje es un parche imprescindible, pero un parche.
Y claro, hay un pequeño problema: ningún avance tecnológico, por milagroso y espectacular que resulte, puede crear materia de la nada. Así mismo, tampoco puede pegarse de toñas con las leyes de la termodinámica y salir venciendo.
Las mejoras tecnológicas, señores, afinan el rendimiento de nuestras máquinas (orgánicas e inorgánicas [3]), pero dentro de ciertos límites impuestos por las características del sistema mismo. No-se-puede-sacar-de-dónde-no-hay: A la larga la tecnología se verá superada por la demanda de recursos.

A su vez, dicha demanda crece igual o más rápido que la población, que crece exponencialmente. De forma muy poco considerada, podríamos añadir.
Leí hace no mucho una entrevista a
Paul R. Ehrlich, un biólogo de poblaciones bastante lúcido, en la que comentaba que si quisiéramos que toda la población mundial tuviera el nivel de vida de México, los recursos actuales del planeta sólo bastarían para mantener a un tercio de la gente. Lo realmente interesante (¡y divertido!) de este dato, además de los inherentes a las injusticias económicas entre primer y tercer mundo, etc, es que ese mismo ritmo de consumo está destrozando el planeta, por lo que, de hecho, si quisiéramos tener un mundo relativamente justo (todo los países con el mismo PIB per capita, por ejemplo), un planeta relativamente sano (¡con vistas!) y unas vidas maravillosamente apacibles (¡queremos vivir como en España, cuyo PIB per cápita dobla al de México!), entonces, grosso modo, la población mundial debería ser inferior a un sexto de la actual.
¡Sobran al menos cinco mil millones de personas...!
Mañana mismo empiezo a hacer una lista empezando por los blogueros que me caen mal.
[1] Hay un ligero intercambio. A efectos prácticos:
rien de rien.
[2] La luz y el calor del Sol son la principal fuente de energía externa que tenemos. La Luna origina las mareas, de las que podría obtenerse energía... A cambio de disminuir sus efectos, por supuesto, lo que seguramente tendría consecuencias.
[3] Sí, acabo de llamar máquinas orgánicas a las vacas, las gallinas y a los vecinos del cuarto segunda.
PS: He escatimado al lector otra solución que nos permitiría mantener y mejorar el status quo y además seguir reproduciéndonos como conejos irresponsables: salir de la jaula. Tan sencillo como eso. En un sistema cerrado hay que controlar la demografía. En uno abierto la expansión viene dictada por el mismo descontrol demográfico. Y la expansión conejil nos llevará, en su momento, a darnos de toñas con los vulcanianos. Y ganaremos nosotros, claro, porque
somos cucarachas espaciales, como dejó muy claro Cormac McCarthy en
The Road. Ésa y no otra es la lectura correcta de su novela. No entiendo que se me pasara ayer el comentarlo.
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