viernes, 22 de julio de 2011

Johnny Burrito

Johnny Burrito vivía en un apartamento que había sido de su tía. Era un apartamento que olía a madera vieja, moho, humedad y polvo de papel. La televisión y el equipo informático eran nuevos, sin embargo.

Johnny se despertaba a mediodía, bajaba como un zombi al bar y pedía unos nachos con el primer café del día, que tomaba tranquilamente en la barra. Después salía "a hacer unos asuntos", es decir, a dar vueltas por la ciudad. Miraba los escaparates del centro, se probaba ropa que no pensaba comprar, robaba un llavero que no necesitaba, masticaba un perrito mientras miraba las chicas pasar... A media tarde volvía al mismo bar, a su oficina, donde esperaba en una mesa del fondo a sus clientes. El café no paraba de fluir entre la barra y su mesa. Los nachos y el guacamole iban y venían. Los clientes se dejaban caer en un goteo continuo sin coincidir nunca dos de ellos, como en la consulta de un dentista o en la guarida de una bruja de cuento.

Johnny Burrito lo sabía todo sobre las carreras, todo sobre los combates amañados, todo sobre las lesiones secretas de los jugadores de fútbol, todo sobre infecciones, depresiones y peleas internas. Johnny sabía quién iba a ganar qué partido, qué caballo iba a llegar primero, qué boxeador iba a besar la lona en qué asalto, qué bateador había sido sobornado... Johnny lo sabía todo.

Era tanto su conocimiento que sus chivatazos alteraban las apuestas. No importaba la serie de victorias de Chicago, si Burrito decía que iba a perder las probabilidades enloquecían, los corredores de apuestas flaqueaban y los números se volvían del revés. Cinco a uno a favor de Chicago. Cinco a uno en contra de Chicago. El dinero daba vueltas entorno a los nachos y el café de Johnny Burrito. Los apostadores se pasaban por su mesa, las casas prohibidas de apuestas aún más prohibidas lo telefoneaban, sus amigos le pedían "algo seguro" para tapar algún agujero. Y cada soplo tenía su tarifa, billetes sucios, manchados de grasa, dinero negro, negrísimo, dinero que sólo existía en las manos de Johnny, cuando éste pagaba todas sus consumiciones y se marchaba a casa.



Martha tenía entre cuarenta y sesenta años, nadie lo sabía, pero llevaba en el barrio diez vidas y tenía derecho a hablar con todos sus clientes. En una ocasión, hace ya muchos años, preguntó a Burrito cómo lo hacía, cómo sabía tanto de tantas cosas, cómo se enteraba de los amaños, de las broncas, las traiciones, los chantajes, los sobornos, las amenazas, cómo era capaz de predecir exactamente el mundo mismo. Burrito, cuyos ojos y labios sonrieron cansados, la miró pero no dijo nada.

Cada tarde, entre escaparate y escaparate, Johnny buscaba un momento para comprar el periódico y ojear los resultados deportivos. Chicago había ganado de cuarenta, ningún boxeador fue noqueado, ganó el mejor caballo, perdió el peor equipo... Johnny Burrito a veces acertaba, a veces no, pero eso no alteraba en nada su negocio. El flujo de dinero manchado de guacamole seguía pagando sus facturas.

Un lunes cualquiera un gigante entró en el bar, apartó un par de sillas de forma brusca e increpó a Burrito, que no lo recordaba de nada. La saliva indignada daba pequeños saltitos mientras Johnny atendía solícito, cobarde pero tranquilo, las quejas del gigante. Me aseguraste que caería en el segundo asalto. Me jugué todo lo que me quedaba y lo perdí. Dime por qué no debería matarte ahora mismo. Dime. Johnny Burrito, serio como el infierno, apenas se encogió de hombros. Bueno, era sólo mi opinión. El gigante parpadeó y miró a Martha. Ninguno de los dos entendía nada. Martha sirvió un café a cuenta de la casa, el gigante lo aceptó y salió por la puerta.

La tarde siguiente estaba de vuelta para preguntar por el próximo partido de Boston. Nada había cambiado. Burrito, su apartamento, la televisión de cuarenta pulgadas, el café de Martha, los nachos sobre la mesa, el lento goteo de perdedores que confiaban en él, las manchas sobre los billetes, las llamadas, el moho sore las paredes.

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16 comentarios:

A las 22 de julio de 2011 14:13 , Blogger Inés ha dicho...

¿Nadie ha comentado todavía?

Pues me parece que muchos economistas deberían leer tu entrada y sacar parecidos con esas agencias de calificación que no se llaman Johnny Burrito porque les daría vergúenza.

Plas, plas, plas.

 
A las 22 de julio de 2011 14:31 , Blogger Hanoc ha dicho...

¿Que te han hecho a ti las agencias de rating? a ver.

 
A las 22 de julio de 2011 14:41 , Blogger raindrop ha dicho...

hay gente que lo llama vender humo
(y vaya si se cotiza, el humo, porque hay muchos que se piensan que por el humo se sabe dónde está el fuego)

 
A las 22 de julio de 2011 14:47 , Blogger javi ha dicho...

No seas malo, que Johhny solo cuida de su chiringuito y tiene muchas facturas que pagar.

Lo feo del asunto es que para hacer cualquier tipo apuesta el tio de la ventanilla te obligue a consultarlo con Johnny.

 
A las 22 de julio de 2011 16:01 , Blogger Efe Morningstar ha dicho...

Inés, es viernes, los posts de los viernes se pierden como lágr... Se pierden. Y más si actualizo a deshoras. Ays.

Hanoc, ¿a mí? Nada de nada, no sé de qué hablas. /me silba.

Raindrop, no, si está claro que podríamos exportar lelos a toda la galaxia.

Javi, el problema de las analogías es que se pueden escapar de las manos. Mejor dejarlo sencillo y que cada cual extrapole según su maldad correspondiente.

 
A las 22 de julio de 2011 20:11 , Blogger Miss Hurry ha dicho...

Ohhhh una fábula para que aprendamos cositas... me gusta!

 
A las 23 de julio de 2011 00:36 , Blogger Álex Esteve ha dicho...

Escribe tan estúpidamente bien que me da asco, sire.

 
A las 23 de julio de 2011 14:35 , Blogger Lenteja ha dicho...

Enormidad de cuento, efe. Me pregunto si habrá algo que se te dé mal.

 
A las 23 de julio de 2011 15:29 , Blogger ca_in ha dicho...

¿Dibujar las piernas debajo de la mesa es un castigo disciplinar autoimpuesto por la pereza demostrada en la PeTtira de los nuevos viejos verdes, señor efopo?

 
A las 23 de julio de 2011 15:59 , Blogger Efe Morningstar ha dicho...

Miss Hurry, qué va, qué va, no sé de qué hablas. No he visto ninguna fábula por ninguna parte... ¿No ves que no hay moraleja?

Álex, tomaré eso como que me amas locamente y que, complementariamente, nadie te quiere a ti.

Lenteja, ¿intentas que haga un ejercicio de humildad? ¡Muchos antes que tú lo han intentado! ¡Y con piernas y escotes, sin éxito!

Caín, es que esta vez tenía más tiempo y ganas. Pero, como ves, no aporta nada y a mí se me va la vida. Cualquiera que me conozca sabe que tardo HORAS en trazar cada línea. Soy un mártir de mi propio blog. Sobs.

 
A las 23 de julio de 2011 16:24 , Blogger Miss Hurry ha dicho...

Sí que la hay! no deberían darse por sentado que las opiniones son hechos, por mucha gente que lo crea... o algo así...

 
A las 23 de julio de 2011 22:57 , Blogger watchman ha dicho...

Qué sexy estás cuando te pones literario...

 
A las 24 de julio de 2011 02:20 , Blogger Efe Morningstar ha dicho...

Miss Hurry, qué va, si hubiera una moraleja no sería esa sino: "coge el dinero y corre". Curiosamente, esto ya lo anticipó W.A.

Watchie, ¿verdad que sí? Lo hago para compensar esta COSMOSEMANA que he tenido. Lo raro es que nadie se haya quejado aún.

 
A las 24 de julio de 2011 13:47 , Blogger Lenteja ha dicho...

¿Qué es una cosmosemana? ¿Te fuiste a la Alpujarra a ver las estrellas y has venido iluminado? :)

 
A las 24 de julio de 2011 14:30 , Blogger Sans ha dicho...

¿Café con nachos y guacamole?

 
A las 25 de julio de 2011 03:55 , Blogger Efe Morningstar ha dicho...

Lentaja, cosmosemana es una semana en la que uso la etiqueta "cosmohéroe", claro.

Sans, exacto, pienso igual que tú: es un tío realmente peligroso y atractivo.

 

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